domingo, 6 de noviembre de 2016

La hora maldita

Observaba el reloj, viendo pasar los segundos, los minutos, las horas; las manecillas iban caminando lentamente como lo hacía su alma, como lo había hecho toda su vida, niñeando con sus años, hoy barro ensuciando el vestido y un castigo, mañana hinojos y un caramelo; una canica, un guá, rodilla en la tierra para ajustar el golpe de bola, primera, segunda, pié, tute y guá, una goma entre dos niñas para saltar pasando de lado a lado sin rozar la goma; tal vez mañana me saque la comba para saltar a los dubles le decía a su amiga o simplemente jugaremos al escondite inglés, o la baraja de familias.
¿Qué más daba?. Sólo importaba juntarse con sus congéneres, niños de barrio hijos de padres trabajadores como lo eran los suyos; lo mismo jugaba con muñecas que guerreros, caballos del oeste que con el tejo a la muñeca o a llevarse cromos de las cajas de cerillas, o simplemente al rescate, lo importante era compartir sus infancias en la calle, bajo el sol en el frío invierno, en la sombra al atardecer del verano, en otoño o primavera; cualquier excusa era buena para salir a la calle, no sin antes haber merendado y terminado los deberes.
Gritos ahogados entre almohadas, silencios infantiles que desaparecían al llegar la alborada, una lágrima surcando su mejilla, hoy iría a la escuela como cada mañana, limpia por fuera y bien aseada como todas las compañeras de colegio, su pelo bien recogido y con su bocadillo en la cartera para tomarlo en el recreo, o bien compartirlo con alguna amiga, era vida cotidiana de edad temprana donde no cabía el rencor ni la envidia, donde lo importante era crecer, estudiar para que el día de mañana fuese una auténtica mujer, trabajadora, madre…, pero ante todo lo importante era ser una educada y buena persona. Pero por dentro ella no se sentía inmaculada, no se sentía feliz ni buena persona, algo desde hacía tiempo le había desgarrado el alma, algo que nadie sabría nunca porque ella lo callaba, ella lo guardaba en su corazón para que nadie la señalara.
Sentada en su sillita, sonrisa entre lágrimas, observando el  reloj, viendo como pasaba el tiempo; mismo intervalo cada veinticuatro horas; ese reloj que marcó en su vida tantos momentos de su niñez, de su infancia, de su adolescencia, de su juventud, el que le indicaba el tiempo para irse a dormir, para ir al colegio, para ir al trabajo, marcando los cuartos, las  medias, tic, tac, tic, tac; sin pedir nada a cambio solo un poco de cuerda al terminar el día, colgado en esa solitaria pared donde ella se recostaba silenciosa deseando que pasara el tiempo más deprisa, contándole con el corazón hecho pedazos los acontecimientos del día que había terminado y rogándole que caminara deprisa para que cuando llegase la noche la encontrara ya dormida, esperando un feliz amanecer, pidiéndole que no volviese a ser sometida a algo que la hacía cada vez sentirme más pequeña, incluso a hacerle desear que no volviese a despertar nunca más.
Solo él era sabedor de sus historias, cual fiel amiga o amigo, de esas historias tristes que cada día se sucedían en la más oscura soledad, eran su dolor y amargura lo que ella le contaba;¿a quién le importaría que una mocosa niña tuviese historias que perturbaran su mente, que ensuciaran su alma, que provocasen lágrimas de impotencia o que se mordiese los labios cuando al cerrar los ojos por la noche para dormir le invadiesen esos momentos de extrema amargura y asco?.  Sentimientos que una niña era incapaz de mostrar al exterior por que no sabía que era lo que estaba sucediendo.
Si para eso había llegado al mundo mejor era dejarlo, morir era su mejor salida, pero su reloj, su amado reloj, con su tic, tac, tic, tac, la sacaba de ese pozo donde cada día caía o tal vez donde le gustaba esconderse para que nadie la encontrase, para que nadie viese reflejado en su cara el sufrimiento que la roía por dentro y para que ese vil y maloliente monstruo no la encontrase y así no pudiese tocarla ni mancillarla una vez más.
Tic, tac, tic, tac por fin la hora de encontrarse con sus amigas de barrio, hora de compartir juegos, bromas o cromos de la colección de moda, pero ese día el reloj quedó mudo, ese día ella no podría salir a la calle, a pesar de la insistencia y ruegos  de su amiga, ella se tendría que quedar en casa, aun habiendo terminado sus deberes, a pesar de haber merendado y de haber recogido su escritorio como estaba mandado, pero no, no saldría, era la hora maldita, se había adelantado, esa horrible hora donde otra vez sería sometida a los deseos de ese ser, de ese aberrante ser que era su padre, entonces se recostaba en esa pared mirando clemente a su reloj para que caminase rápido, para que acelerara los segundos; todo debería terminar pronto y si se daba un poco de prisa al asearse para quitarse esa mugrosa suciedad que convertía su niñez en un despreciable trapo, podría salir a compartir los juegos infantiles que tanto le gustaban, su amiga la esperaría como tantas tardes al compás de la cuerda, cantando “ese oso está rabioso, sopa de arroz, pimiento, pimentón, azúcar y turrón, que pica, que arde…” y tal vez ese tarde aunque fuese solo por un par de horas pudiese conjugar el verbo sonreír en vez del verbo llorar y volar, volar entre las nubes como lo hacían esas niñas y compañeras de escuela, niñas que crecían felices, que reían y cantaban como era lo propio de su edad y, que ella a pesar de vivir lo que estaba viviendo,a pesar de sentirse tan sucia, nunca perdía la esperanza de poder ser feliz igual que ellas,aunque fuese  solo por unos pocos minutos y salir de aquel entorno, de aquella condena que le estaba tocando cumplir en aquella cárcel que era su propio hogar.
Fue creciendo, entre deseos enterrados, angustias calladas y muy pequeños momentos felices junto a su amiga, momentos que quedaron grabados en su alma y de los que nunca se desprendió.  Su reloj ahí estaba, parecía no envejecer, su maquinaria le era fiel, sus segundos, minutos y horas nunca habían sufrido el más mínimo retraso, al igual que él seguía siendo el fiel confidente de sus lamentos, de sus penurias y también de esas escasas pero inolvidables alegrías, porque todo se lo contaba, dando calor con su espalda a esa pared que tantas veces la cobijó, que tantas veces consoló a su pequeña y sangrante alma. Lo amaba, lo adoraba era su íntimo amigo, el único que comprendía sus silencios, el único que la hacía feliz, el único que era capaz de escucharla hasta la saciedad sin un solo reproche, el único que era capaz de sacarla de esos momentos de doloroso oscurantismo, el único que no se rasgaba las vestiduras ante tanto dolor comprendiendo en cada momento su estado de ánimo.
Pero todo tiene un final y aquello debería terminar, había pasado el tiempo y  ya era mayor , no debía y tampoco quería seguir permitiendo aquello, los años le habían dado fuerza y coraje, sobre todo desde aquél día que dejó de funcionar, se paró, no pudo salvarlo, se hizo viejo y ya no le marcaría las horas, entonces comprendió que debía sacar los miedos, que debía dar luz a sus sentimientos, tenía la obligación de desenmascarar a la bestia y ese fue el detonante que la hizo abrir los ojos, no fue fácil tener que desprenderse de su reloj, aquello le hizo abrir su alma para liberar esa angustia que la había ido royendo durante tantos años lacerando su corazón, perder a su confidente fue más doloroso incluso que la reacción que mostró su madre al culparla de todo delito el día que supo o tal vez, el día que ella le contó todo lo que ese monstruo llamado padre le estaba haciendo, a pesar de preguntarse después de aquél  momento si su madre le había estado siguiendo el juego a la bestia.
Ver desmontar ese reloj de la pared acabó con todo, le hizo enfrentarse a la realidad, enfrentarse a sus propios miedos y acabar con una vida no deseada, con una vida que jamás debía haber vivido y que, lejos de haberla marcado negativamente para siempre, la enriqueció como persona y mujer a pesar de que todavía sigue sintiendo en su corazón las lágrimas de aquél reloj cuando su tic, tac, le marcaba la hora maldita.
Autora: Isabel San José
CUESTIONES PARA LA REFLEXIÓN Y EL DIÁLOGO:
  • ¿A qué hora se refiere la autora cuando dice "La hora maldita"?. ¿A qué se está refiriendo?.
  • Si alguna vez te has sentido mancillado/a ¿cómo describirías esa experiencia?. Y si afortunadamente no ha sido así ¿cómo crees que pueden sentirse quienes han sufrido tal cosa?.
  • ¿Cómo reaccionarías si te enterases de que un familiar o alguien conocido está sufriendo acoso sexual?.
  • Si acaso piensas que la sociedad no responde adecuadamente ante el acoso sexual a los menores ¿qué tendría que hacer para dar la respuesta necesaria?.
  • Si acaso ya está respondiendo adecuadamente ¿cómo podríamos contribuir nosotros a reforzar esas medidas?.
  • ¿Qué le dirías a alguien que esté sufriendo acoso sexual?.

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