sábado, 11 de junio de 2016

Servicio educativo-empático

Hace algún tiempo, la directora de un colegio compartía con la profesora de expresión plástica su preocupación por la conducta, poco respetuosa, para nada colaboradora e incluso agresiva, de los alumnos de Secundaria.
La profesora de plástica creía haber agotado todo tipo de estrategias didácticas para motivar y centrar a sus alumnos, adolescentes de 15 y 16 años, pero no se veían resultados. Se encontraba francamente desorientada. Además, todavía le causaba mayor desazón el comprobar que los chicos y chicas incluso mostraban ciertas dotes artísticas, visibles en los dibujos espontáneos en sus carpetas y en otras actividades. Simplemente, parecía que ella no podía hacer emerger toda esa creatividad en el contexto de la clase de plástica.
Teresa le propuso consultar a un psicólogo que, desde fuera de la institución escolar, pudiera aportar alguna pista sobre el comportamiento insoportable de los jóvenes. El psicólogo trabajaba en un hospital psiquiátrico cerca del colegio, y con gusto se prestó a reflexionar con ellas sobre la situación, e interpretar algunas claves. Sin embargo, cuando ya daban por finalizada la entrevista con el especialista, éste les planteó un reto insólito:
- "¿Decís que vuestros alumnos no son malos pintores?. Se me ocurre que tal vez podían ayudarnos a resolver un problema: Resulta que hace poco inauguramos un nuevo pabellón en el hospital, un pabellón para niños y niñas. Pero, desgraciadamente, no tenemos recursos para decorarlo adecuadamente, y el pabellón es, en estos momentos, poco más que un barracón de cemento frío y gris, muy poco apropiado para acoger niños con problemas de salud. ¿Y si les planteáis a vuestros jóvenes que colaboren con nosotros?. ¿Y si nos sugieren murales para alegrar las paredes y conseguimos pintura para ponernos manos a la obra?"...
Animadas con esta perspectiva, la directora y la profesora de plástica empezaron a imaginarse el proyecto. Poco tiempo después, en el marco de la clase de plástica, el psicólogo planteaba directamente este reto a los jóvenes.
De pronto, cambió el “chip” en la clase. Y los alumnos se pusieron por primera vez a trabajar en serio y con entusiasmo. Además, intercambiaban con los profesionales del hospital, los cuales realmente necesitaban su colaboración y esperaban resultados tangibles.
El proyecto trascendió la clase de plástica. Por ejemplo, en la clase de matemáticas ejercitaron las proyecciones a escala: ¡no es lo mismo dibujar en un folio que en una pared de doce metros cuadrados!. También tuvieron que calcular la cantidad de pintura necesaria, incluso hacer una pequeña campaña económica para conseguirla. Por supuesto, aprendieron a escoger los diseños y colores más adecuados para niños y niñas pequeños, poniéndose en su lugar, y ejercitaron más que nunca la discusión y el trabajo en equipo, la organización y el autocontrol. Para completar, resulta que cuando iban por la ciudad comprando los materiales, los comerciantes, sorprendidos, les preguntaban el motivo, y en más de una ocasión colaboraron donando gratuitamente botes de pintura.
Naturalmente, no todo el trabajo se llevó a cabo en el espacio de la clase de plástica. Hubo una dedicación fuerte fuera de las horas lectivas. El entusiasmo de los jóvenes, del profesorado, de los profesionales del hospital y del conjunto de la comunidad fue el motor de superación de las dificultades. Los problemas de disciplina y convivencia en la clase de plástica se esfumaron. La decoración  del pabellón infantil del hospital fue un éxito rotundo y, además, el colegio obtuvo por ello una distinción pública.
Al reflexionar sobre las claves del éxito en la mejora de la empatía de los jóvenes y de la convivencia en el aula, la directora y la profesora de plástica identificaron unas cuantas pistas:
  1. Los jóvenes habían sido invitados a hacer algo útil para la comunidad. Habían hecho algo realmente “importante”... Habían trascendido el “nosotros” para acercarse a “los otros”.
  2. Habían sido valorados y considerados justamente su compromiso, esfuerzo y resultados, lo cual había aumentado su autoestima como individuos y como grupo.
  3. El centro de la atención se desplazó de su ombligo. Dejaron de dar vueltas y broncas, tanto profesores como alumnos, al eje de su “mal comportamiento”.
Desde esta experiencia, las clases de plástica del colegio se estructuran siempre a partir de un proyecto social, donde los alumnos pueden ejercer de ciudadanos comprometidos con el entorno. Están convencidos que ejercer la ciudadanía, realizando un servicio a la comunidad, ayuda a mejorar la convivencia.

CUESTIONES PARA LA REFLEXIÓN Y EL DIÁLOGO:
  • ¿Qué fue lo que motivó a los alumnos a mejorar su conducta, tomar interés por su trabajo y obtener buenos resultados?.
  • ¿Qué había de especial en este trabajo académico?. ¿En qué influyó la "relación" del alumnado con las personas externas al instituto?. ¿Qué nos indica esto?.
  • ¿Cómo conseguir nosotros/as una mayor motivación en el quehacer cotidiano, tomándolo con mucha mayor ilusión y ganas en lugar de como una sucesión de trabajos siempre los mismos?.
  • ¿Cuál va a ser tu compromiso de hoy para desarrollar tu empatía y así lograr que ésta haga crecer tu motivación?.

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